La 71 / 

Las Primeras Señales escribe Dip. Pablo Abdala

Los ecos de los actos del 1º de marzo aún no se han acallado. No es para menos, porque estos representan el saludable devenir institucional de la República, y marcan el fin de una etapa y el inicio de otra, en nuestra vida democrática, más allá de quién asume el mando y quién lo traspasa. Del nuevo gobierno, pronunciado el discurso presidencial ante la Asamblea General, han transcurrido apenas los primeros pasos. Sin embargo, a pesar de ser todo aún incipiente, algunas líneas empiezan a insinuarse, especialmente las que ya en la transición, y también en la campaña electoral, se hacían perceptibles.

La alocución del Presidente Mujica ante los legisladores, tras brindar el correspondiente compromiso de fidelidad constitucional, constituyó un hecho político de enorme importancia. No es novedad, pues siempre fue y será relevante el discurso inaugural de un Presidente de la República. Es la oportunidad en la que le habla formalmente a la Nación, ante la totalidad de los representantes de la soberanía, esbozando las principales orientaciones que imprimirá a la gestión que en ese momento inicia.

No coincidimos en todo, pero sí en lo sustancial, y no debemos tener el más mínimo prurito en señalarlo. La invitación a construir el país entre todos, la sugerencia de que no habrá de practicarse el exclusivismo, y la convocatoria a definir políticas de estado para abordar los principales desafíos estratégicos, más allá de los sucesivos gobiernos, no sólo implican postulados bienvenidos por sí mismos, sino que, además, tal cual fueron formulados, resultan convincentes.

Entre otras razones, porque la propuesta no inhibe que, en todo lo demás, la regla sea “el gobierno en el gobierno y la oposición en la oposición”, como el propio primer mandatario sentenció. Esta afirmación es tan significativa como las anteriores. Podremos llegar a encontrar acuerdos en las grandes orientaciones que refieran a asuntos particularmente sensibles para el destino nacional, pero no nos vamos a entreverar, y cada quién cumplirá el rol que la ciudadanía le confirió. En esa dimensión, y por encima de todo, nosotros vigilaremos la marcha de la administración pública, controlaremos la gestión, y seremos celosos custodios de la legalidad.

El discurso del 1º de marzo, más allá de las objeciones que puedan señalársele, estimula una alentadora expectativa. El presidente pareció francamente empeñado en darle al mismo un tono nacional. La ausencia en él de referencias a hechos y, aún, a protagonistas del pasado, que pudiera no ser aprobada su evocación por vastos sectores de la población, es parte de la misma simbología. Es de esperar que Mujica persista en esa actitud a lo largo de su mandato y gobierne íntegramente en esa clave. Ojalá, sobre todo, que su entorno y su partido se lo permitan y, en especial, los sectores que han constituido su soporte político más inmediato durante todos estos años, más allá de la heterogeneidad que los ha caracterizado.

Al discurso lo siguieron los gestos iniciales, en las horas subsiguientes, y algunos de ellos resultaron preocupantes, aunque previsibles, dadas las peculiaridades del flamante gobernante. Apenas asumidos los nuevos ministros, aparecieron contradicciones y disonancias entre el jefe del gobierno y su equipo. Primero fue la referencia a los ingresos de personal al Estado y, en especial, a los concursos que se practican para digitar los mismos, lo que se tradujo en una evidente alusión a su antecesor. Durante el gobierno del Dr. Vázquez los concursos fueron presentados como la prenda de la transparencia, y se pretendió contraponer esa práctica a las que, según la verdad oficial, imperaron en tiempos anteriores. La reflexión de Mujica es un desmentido espontáneo e indisimulable, por más que después otros voceros procuraron relativizar sus afirmaciones.

Otro tanto sucedió con la idea, repetida durante el proceso preelectoral, y reafirmada después de asumir, de “importar” campesinos bolivianos o indígenas ecuatorianos, para poblar nuestra campaña. Al margen de la opinión que nos merezca la solución, importa destacar que fue rechazada expresamente por el nuevo ministro de ganadería.

Esos ejemplos no representan señales buenas. La tarea de la conducción nacional requiere, en particular de los más encumbrados niveles, orientaciones certeras, y no indicaciones confusas. Confiemos en que estos fueron, simplemente, resabios de campaña electoral y espasmos del tiempo que concluyó. Que el presidente de la República prolongará las trazas positivas que ha dibujado, y que disipará las dudas.

Hechas estas salvedades, el comienzo debe ser considerado augural y auspicioso. Que así lo ratifique la realidad que vendrá.

Ver el PDF de Las Primeras Señales escribe Dip. Pablo Abdala
Ver el video de Las Primeras Señales escribe Dip. Pablo Abdala